No hay nada que buscar

Cuando me aflige algo, sé que puedo abrir los ojos del alma y ver: el espacio, la tranquilidad, la verdad que no cambia, transparente. Siento el verdadero ser que soy, el que no muere ni nace. “¡Hola!”, le digo, pero nada me responde. “Jaja, ¿Estoy hablando solita?”  No necesito respuesta. Al menos no palabras. Se asoma un pájaro cantando, suena el rumor de un carro. Siento mis brazos vibrantes, mi mente quieta, la inexplicable luz del sol que me calienta. Estoy escribiendo sin pensar. Se siente bonito.

La ambulancia, la moto, la mano deslizándose sobre el teclado. La mirada fija sobre el ordenador. El ruido de la pulidora en la distancia. La vida que hay en mi cuerpo. Debajo de todo ello lo indescifrable. Lo que no puedo tocar, el silencio bendito que me trae paz, luz, bondad. En el fondo la misma presencia, la misma paz que transmite el humedal, la flor de loto reposada, expresando su belleza.

No hay nada que buscar.

 

 

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