Zumbidos

Paul:

Ayer te fuiste y dejaste la puerta entreabierta. ¿No viste el enjambre de zancudos que rodeaban las azucenas?  Zumbidos aquí, zumbidos allá. Total, no pegué el ojo en la noche entera. Te pido que para la próxima seas más cuidadoso: tal vez con que yo concilie el sueño, mejoren las cosas en la escuela. Ya va, ya sé cuál será tu respuesta: que fue culpa mía por no bajar a la entrada y darte un besito de esos que tiemblan. Pero eso no es excusa. Además no, no me gusta tan tarde, en el frío,  y menos si me has dejado las bragas puestas.

Oye, otra cosa: Verónica vio al señor Clemente salir tomando la mano de Estrella, esta mañana, cuando fue a buscar unas tostadas a la alacena. Me contó destrozada con media botella de ron derramada sobre la mesa, que con una mano en la escoba y la otra sosteniendo a su princesa, había oído a Clemente cantar obras de Juanes y Lisandro Meza; las mismas que había soñado desde siempre que le cantara a ella.

Se tomó cuatro botellas de Néctar, y en un arrebato, cogió las tijeras y se cortó la melena. Nada agraciada quedó y me dio ¡tanta pena! Así que aprovechando que se había quedado dormida,  fui a arreglarle un mechón y le sangró… la… la cabeza. Nada grave. No parece. No. De todos modos me aterra. La he llevado a su cama y espero a la curandera.

¡Por favor ven en cuanto puedas! Y al entrar a la casa ¿cierras bien la puerta?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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