De paso por el Amazonas

Todo está silencioso alrededor. Las aguas del río, quietas, aparentemente. Y veo en su espejo aves blancas, alargadas, viajar hacia el oeste. El suelo está húmedo, fangoso; el barro casi cubre mis pantorrillas. Pero no quiero moverme: algo extraño e invisible que transita por los aires, me motiva a permanecer quieta, tranquila. El viento, húmedo, mece las ramas de los árboles, aromáticas, y despeina mis cabellos. Desde mi pecho circula una corriente fría hacia el resto de mi cuerpo: tengo la piel de gallina.

Mi blusa blanca, manchada de sangre, tierra y sudor, flota y se aleja; como diciendo: “déjame, no te pertenezco”. No la atajo, no la retengo. Mis senos están frescos y celebran la brisa. Los rayos del sol, ocultos por espesas nubes grises, tímidamente –por primera vez en años–, acarician mi vientre, mis hombros y sus cicatrices. Cierro mis ojos con la intención de agudizar la percepción de mi piel, pero reconozco el canto de un tucán y los abro a ver si lo encuentro. En cambio, noto el baúl de cuero marrón que cargué por horas y horas hasta llegar a esta playa. Se hunde en el agua junto a mis cartas, mis ropas, mis diplomas… y la foto de Roberto.

Vuelvo a escuchar el sonido del pájaro. Dirijo mi mirada hacia el horizonte. Las curvas discretas de las colinas vírgenes –hace días remotas– me saludan. Mis músculos relajados, se endurecen. Desentierro mis piernas y me sumerjo en el río. Los peces se mueven de un lado a otro y acarician mis mejillas. Entonces, una fuerza no del todo desconocida se apodera de mí: estoy nadando, ¡no sabía que podía! “¿Quién soy yo?”, me pregunto. No parezco la misma. Un delfín rosado me sorprende de pronto, ahora es él  quien me anima.

Al salir de Leticia y emprender el camino, me temblaban las piernas y mis manos escurrían. Cuatro días después, totalmente mojada, completamente herida, la voz de la selva me dice: “de esto se trata la vida”. Me dejo llevar. El sonido del agua me satisface y alivia. Y cuando menos pienso, he llegado a la otra orilla. “Adiós y gracias”, le digo a mi amigo y pongo mi frente sobre uno de sus costados. Me alejo pausada hacia el bosque tropical. Camino sobre piedras pequeñas vestidas de musgo.

 

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